La depresión no sólo acarrea malestares emocionales sino también corporales.

Dolor de espalda, dolor en las articulaciones, extremidades o malestar gástrico son algunos de los síntomas físicos que pueden enmascarar cuadros de depresión o de ansiedad generalizada y que dificultan su diagnóstico.

Bien sabido es que la depresión acarrea angustia, preocupación o desaliento obstaculizando las actividades diarias y reduciendo la calidad de vida de las personas que la padecen, pero también puede generar múltiples afecciones corporales, entre ellas dolor de espalda.

Cuando hablamos de dolor debemos tener en claro la multicausalidad para que este se genere. Al preguntar un poco acerca de  la historia de ese paciente, y de porqué vino a la consulta, hay un más allá del dolor que lo trajo, vemos que en realidad, el verdadero problema es que “algo anda mal”, el dolor es una parte de ese mal funcionamiento.

En ocasiones simplemente el paciente refiere a un mal descanso, una mala movilidad articular, mala digestión, falta de vitalidad. Pero decir que el dolor es el problema es simplemente una pequeñez e intentar solucionarlo con una pastilla está muy lejos de un entendimiento de la verdadera condición.

Los dolores corporales, en ocasiones, son un síntoma de depresión, están íntimamente relacionados, y se retroalimentan entre sí. Si la persona no puede encontrarle un entendimiento a lo que le está pasando, está angustiada porque difícilmente pueda ser comprendida, eso la afecta emocionalmente y se deprime. Debemos entender que las soluciones a nuestros problemas de salud pasan por saber más de las sensaciones que de las contracciones.

La comunicación del sistema nervioso central se da por los neurotransmisores, que tienen que ver tanto con los afectos como con la transmisión del dolor. De esta forma, cuando hay un desequilibrio en la serotonina y la norepinefrina, sustancias ligadas con los neurotransmisores, se presenta la depresión y un incremento en la percepción del dolor.

Cuando la serotonina entra en desbalance, la percepción baja al mínimo y el cerebro registra hasta el más pequeño movimiento, por lo que hay dolor de espalda, de cabeza, de estómago, agotamiento o mareos sin ninguna razón aparente.

La sensación del dolor es, básicamente, neurológica: es el sistema nervioso el que transmite nuestra sensibilidad, la conduce. Nuestra sensación es una reacción química compuesta, principalmente, por neurotransmisores químicos que se encargan de transmitir. La diminución o el aumento de algunos de estos componentes ayuda a generar mayor sensación. Así es que paulatinamente empezamos a percibir diferentes sensaciones orgánicas. Por ejemplo, si se comprime un nervio específico a nivel de la quinta vértebra dorsal, con dirección hacia el estómago, este órgano comienza a funcionar mal, duele, produce acidez, etc. Se puede tomar algún medicamento, pero cuando se va el efecto el problema persiste porque hasta que no se retire la compresión nerviosa, la condición no cambiará.

Por otro lado, ese nervio también cumple funciones de músculos, ligamentos, tendones. Entonces, si se comprime se afecta la postura, la movilidad articular, por el nivel de compresión. Además,  está sobre nuestros pulmones por lo que la respiración se afecta, respiramos mal porque los volúmenes no son los adecuados. Nos falta combustible para andar y nos cansamos sin haber hecho un gran esfuerzo físico. Cada nivel neurológico, si se ve comprometido, genera indefectiblemente una reacción orgánica.

Debemos comprender que una compresión a nivel cervical da problemas no sólo a ese nivel con síntomas como contractura, rigidez, etc.; sino que hasta puede generar, por ejemplo, inconvenientes en los riñones.

La depresión, las tristezas,  el estrés, problemas financieros o un divorcio desagradable pueden causar una profunda tristeza y tienen un impacto negativo en nuestra salud.  Es incuestionable que el cuerpo y la mente están conectados: cualquier dolencia mental puede conducir a la aparición de dolencias físicas. Tomar medicación por sí sola no va a funcionar, si no hay un cambio de actitud.  Sin dudas, los pensamientos positivos y las emociones como el humor transmiten señales positivas hacia el cerebro, lo que hace que nos sintamos mejor.